Un día, al final de cierta sesión nocturna, don José Ortega
y Gasset apareció en el salón de sesiones del Congreso, donde, con voz débil y
ademán vacilante, porque su salud se encontraba entonces bastante quebrantada,
declaró que los conceptos de autonomía y federalismo no eran conceptos
análogos, sino conceptos opuestos.
Para decir una cosa tan sencilla, tuvimos que sacar de la cama con toda
urgencia, hacia las cuatro o cinco de la madrugada, al filósofo máximo de la
nación, llevándolo a la plaza de las Cortes poco menos que en unas parihuelas;
y es que, sencilla y todo, esa cosa no la sabía nadie en el Congreso. Para
aquellos energúmenos era lo mismo ensamblar las piezas de un puzzle, a
fin de formar un cuadro, que coger un cuadro y hacerlo añicos, al objeto de
crear un puzzle, y era igual buscar un aumento de poder en la unión con
otros países que desmembrar el territorio nacional en regiones más o menos
independientes.
No se hablaba entonces más que del Estatuto de Cataluña, compromiso de honor de
la República, porque algunos catalanes, reunidos un día con otros señores en un
café de San Sebastián, dijeron que ellos no contribuirían a la revolución si no
se les prometía el Estatuto, y, aunque la revolución no la hizo nadie y la
República vino sola, los señores del café de San Sebastián acordaron:
Primero. Que ellos tenían que
encargarse de la gobernación del Estado, porque para eso habían resuelto traer
la República por medio de la revolución; y
Segundo. Que, pasara lo que pasara, el Estatuto catalán estaba por encima de
todo.
No hubo medio
humano de hacer rectificar al Gobierno, por lejos que fue la indignación de las
gentes. Don Manuel Azaña hacía grandes aspavientos ante lo que, a su juicio,
constituía un caso manifiesto de incomprensión colectiva, y en un discurso
memorable declaró que, después de todo, España no es, realmente, un país
unitario, y que la unidad nacional carece de tradición entre nosotros. ¿Qué les
parece a ustedes?
Desde luego, nuestra unidad nacional no es, ni en un minuto,
anterior a nuestra unidad nacional, y si vamos a buscar su tradición a una
época en la que todavía no se había logrado, es evidente que no la
encontraremos. Esto no quita (...) para que no haya en toda Europa una
unidad nacional más antigua.
España fue el primer país europeo que sintió la idea de nación y la impuso en
toda la haz de su territorio, lo que no impidió, naturalmente, que quedase aquí
una barretina, por ejemplo; allí una gaita, allá un baile o una canción y
acullá una manera peculiar de guisar el arroz o el bacalao. Estos residuos
históricos son lo que algunos llaman hechos diferenciales, y los hay en todas
partes. Los hay en Cataluña con respecto a España, y en Barcelona con respecto
a Cataluña, y en la rambla de Canaletas con respecto a Barcelona, y en cualquier
casa de la rambla de Canaletas con respecto a la rambla en general. En todas
partes hay hechos diferenciales, pero la cuestión está en si debe uno
cultivarlos o debe, por el contrario, dedicarse al cultivo de los hechos
igualitarios.
El caso fue que los catalanistas consiguieron su Estatuto, emancipándose del
vago centralismo madrileño para caer bajo el centralismo directo de Barcelona,
y yo recuerdo una fotografía en la que doña Margarita Nelken, cogida de la mano
con uno de estos boticarios que la República puso al frente del ministerio de
Marina, y con mi amigo don Laureano Paratcha, aparecía bailando la sardana, en
celebración del fausto acontecimiento. Hace veinte años, algunos naturales del
Ampurdán solían reunirse los domingos en cierta calle de Barcelona para bailar
la sardana, y los barceloneses se morían de risa contemplando el espectáculo de
su futuro baile nacional; pero ahora no se trata de eso. Se trata de que doña
Margarita Nelken estaba muy alegre, y ¿por qué no iba a estar alegre doña
Margarita Nelken, digo yo?
En cambio, los otros danzantes tenían todos una verdadera risa de conejo...
[Haciendo de República (1934) - Julio Camba]